Atahualpa y los tesoros de Pachacamac 1

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(Primera Parte)

¡La ciudadela de Pachacamac guarda los más grandes y fabulosos tesoros que el mundo no ha visto todavía!

Por varias centurias grandes señores, con mucho poder en toda la comarca, llevaron en sus peregrinaciones al santuario inmensos cargamentos de oro y plata que los ofrecían al dios Pachacamac en señal de agradecimiento, ya sea por la buena salud de la población, porque ese año tuvieron abundancia de alimentos, o el clima fue benigno con ellos, o vivieron en paz.

Cuando los Incas llegaron a la ciudad Sagrada, a mediados del siglo XV, era administrado por el curaca Cuismancu. Este señor, respaldado por los principales señores y sacerdotes del santuario, pactó con los Incas un acuerdo de reciprocidad para gobernarla. Túpac Yupanqui, el jefe supremo de las huestes incaicas, en señal de agradecimiento, les regaló finos presentes de oro y plata. Así comenzó la relación administrativa y religiosa entre el Santuario de Pachacamac y el Imperio Incaico que contribuyó a incrementar considerablemente los tesoros del oráculo costeño.

Posteriormente, Huayna Capac, durante su reinado, llegó al templo con la comitiva más grande jamás vista en toda la historia. Más de 200,000 personas acompañaron al jefe Inca en su visita al santuario. Muchos de ellos portando vasijas repletas de oro y plata. Algunos historiadores dicen que llevaron la ofrenda más impresionante: una llama de oro de tamaño natural.

Algunos entendidos dicen que una gran parte del oro y plata que Francisco Pizarro exigió a cambio de la libertad del inca, en 1533, salió del Templo de Pachacamac. En un principio Atahualpa reunió una cantidad que los españoles en ese entonces estimaron en dos millones de pesos y que no les satisfizo, así que le exigieron una suma mucho más fuerte de oro y plata y que si cumplía lo dejarían en libertad.

En efecto, Atahualpa, sabiendo que estos metales no tenían ningún valor económico en el imperio y creyendo un buen arreglo, aceptó la exigencia y se comprometió a reunir un cuarto de oro y dos de plata. Comenzaron a recopilar el botín con los objetos de su servicio, adornos, enchapes de los templos y palacios imperiales, pero tuvo mucha resistencia de los pueblos aledaños y de sus principales enemigos en el imperio a desmantelar sus pertenencias, así que el tiempo le fue corto y el inca, para cumplir con su promesa y salir libre, envió dos expediciones para reunir el oro y la plata que necesitaba, una al valle de Pachacamac y la otra a la misma ciudad del Cusco.

La expedición al santuario de Pachacamac, estuvo dirigida por un hermano de Atahualpa y dos de sus capitanes Inga Mayta y Urco Guaranga, llevando como interventor al capitán Hernando Pizarro, hermano menor de Francisco y una pequeña escolta.

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