Alonso y Ariana III

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Las primeras palabras

Nunca antes en su vida Alonso se había sentido de esa manera; manos sudorosas, extremidades inferiores trémulas, mareos, amnesia, hormigueo gástrico, diarrea, angustia, estrujamiento torácico, parálisis mental. Sus amigos aún no lo entendían completamente, ¿cómo podía ser que algo tan complicado, lo que los mayores llaman “amor”, pueda provocar esa conducta extraña en una persona? Alfredo decía que eran tonterías y que a su edad no deberían de estar jugando a cosas de gente adulta. Sin embargo, Sancho pensaba todo lo contrario, que al llegar a los doce años, por naturaleza humana, era normal que se experimenten esas reacciones y que Alonso estaba totalmente enamorado. Marco se reía viendo como sus amigos debatían en algo que, para él, ya cumplidos los trece años, le parecía totalmente normal y que aún así lo de su compañero podría ser solo un capricho.

_ ¿Capricho? –tronó Alonso– ¡ni cagando! Se me revuelven las entrañas cuando pienso en ella y cuando recuerdo su figura las pocas veces que la vi.
_ Yo creo que estás hasta las huevas de templado y como te lo prometimos, te vamos a ayudar –intervino Sancho, luego les dijo a sus compañeros– ustedes ya se comprometieron.
Marco y Alfredo asintieron.
_ Totalmente de acuerdo -dijo Marco- sigamos con esto y así saldremos de dudas.
_ ¡Las dudas son tuyas! –se apuró en responder Alonso con cierta agresividad- yo sé lo que siento.
_ Tranquilo Alonso –dijo Alfredo sujetando a su amigo del brazo por si se le ocurría acercarse peligrosamente a Marco– solo es la opinión de Marco, tienes que aceptarla. Recuerda que es tu amigo y que si no le importaras simplemente no estaría aquí.
Alonso escuchó a su compañero y relajó sus músculos, lo mismo sucedió con Marco.
_ Sin embargo –continuó Alfredo- para poder llegar a esa chica pienso que debemos tener una estrategia.
_ Tienes razón –dijo Sancho– con un buen plan nos aseguramos que Alonso tenga éxito cuando se le acerque.
_ ¿Qué tenemos hasta el momento? –preguntó Marco-.
_ Sabemos dónde vive –dijo Sancho- también conocemos a su Mamá.
_ ¿Conoces a la señora? –preguntó Alfredo con sorpresa-.
_ Me refiero a su aspecto físico, ¡idiota! –contestó Sancho agresivamente- eso nos ayuda a identificarla si la vemos en la calle.
_ Ah, entiendo -murmuró Alfredo encogiendo los hombros-.
_ También tenemos una idea de las horas en que sale de su casa –intervino Alonso-.


Los amigos seguían trabajando para idear un plan que acerque a su mejor amigo a la chica de sus sueños. Tenía que conocerla a cualquier precio, sin embargo le aterraba el momento en que eso ocurriera porque sabía que quedaría paralizado en ese mismo instante, sabía que no se le ocurriría nada. Pasaban los días y los chicos seguían sin tener un plan. Es cierto, conocía su casa, pero no podía presentarse sin más ni más, lo tildarían de loco.

Vigilaban la casa día y noche, se organizaban por turnos, pero no había señales de ella. Un día salió a media mañana con su madre, y caminaron unas cuantas cuadras hasta que se subieron a un taxi que rodó por la avenida Primavera hacia Miraflores. Imposible seguirlas, solo les alcanzaba la plata para el micro.

Un día se les presentó una emergencia; le tocaba el turno a Sancho. Alonso y Alfredo lo acompañaban, estaban caminando hacia la casa de la chica para hacer la guardia respectiva cuando Sancho de pronto se detuvo, metió las manos a sus bolsillos del amplio mameluco que le cubría su redondo cuerpo y dio una exclamación de sorpresa. Continuó parado sobre el sitio y miró al cielo.
_ ¿Qué te pasa? –preguntó Alonso-.
_ Espera –respondió Sancho- estoy haciendo mis cálculos.
_ ¿Qué cálculos? -intervino Alfredo-.
Sancho no contestó, continuó mirando al cielo, en realidad solo tenía la cabeza levantada porque sus párpados estaban cerrados. Ni cagando, no me alcanza –exclamó-.
_ ¿Qué no te alcanza? –insistió Alfredo-.
_ No tengo suficientes provisiones para hacer mi guardia.
_ ¿De qué estás hablando? –preguntó Alonso confundido-.
Sancho sacó las manos de los bolsillos del mameluco y abrió las palmas, en una tenía dos caramelos “monterrico” y en la otra una barra de chocolate “golazo” de maní.
_ Esto no me alcanza para cubrir mi guardia.

Sus amigos le dijeron que no moleste, que se abstenga unas horas de comer golosinas, pero Sancho insistió porque argumentaba que moriría de hambre e hizo tal berrinche que no les quedó más remedio que aceptar comprarle los dulces para que cumpla con su guardia.

Alonso tuvo que desviarse a la bodega de la china Elsa. Cuando termino de entregarle el pedido, Elsa le dio el monto de la cuenta. Alonso metió las manos a sus bolsillos para sacar la plata, reunió las monedas que tenía y comenzó a contar. Le faltaban ochenta centavos. Buscó en su otros bolsillos y no encontraba más monedas. La china Elsa esperaba al otro lado del mostrador y tras él las personas comenzaron a aglomerarse para ser atendidas, Alonso giraba su cabeza moviendo sus rulos de un lado a otro buscando monedas en los bolsillos, pero no hallaba ningún centavo más. Su cara se enrojeció del bochorno y comenzó a temblar, era inútil, no tenía una sola moneda más, no podía completar la cuenta. Tenía que devolver algunas golosinas, sin embargo eso lo atormentaba.
_ ¡Qué roche! –pensó Alonso-.
_ No te preocupes –escuchó una voz femenina tras él- ¿yo puedo completar lo que te falta?

Alonso se sentía humillado pero no tenía otra salida, era la voz más suave, dulce y melodiosa que jamás había escuchado. Volteó para agradecer el gesto de aquella persona. Cuando vio la espigada figura de donde había salido esa maravillosa voz, debió haberlo imaginado, ¡era ella!, la chica que lo había tenido cojudo los últimos meses de su vida. Quiso hablar y se atragantó con su saliva. Las cosas empeoraron para Alonso; no podía completar la cuenta, estaba rojo como un tomate, sudoroso y encima atorado, tosiendo cual tuberculoso y para colmo se le cayeron las monedas que rodaron por todo el piso, desparramando por toda la estancia la vergüenza del muchacho. Alonso había llamado la atención de toda la bodega.

Lo sentaron en una pila de sacos de azúcar de cincuenta kilos, a un lado del mostrador de la tienda y Elsa hizo que su ayudante le sacara un vaso con agua. A los pocos minutos Alonso había dejado de toser, había regresado su color a la cara y podía respirar de nuevo. La hermosa chica de largos cabellos castaños se le acercó y le dio su bolsa de golosinas.
_ Ya está pagado.
Alonso estiró la mano y le agradeció. Se levantó y comenzó a salir de la bodega junto a ella.
_ Las monedas, -dijo- las monedas rodaron por todo el piso.
_ No te preocupes ya las recogieron –contestó ella- ya entiendo porqué tienes esa tos -dijo, mirando su bolsa de golosinas-.
_ No, no son mías, son para un amigo, yo no como tanto, vine a comprarlas para él.
_ Que amable eres, haciéndole ese favor a tu amigo.
_ Sí, es un gran amigo –contestó Alonso- ¿y tu Mamá?, dijo mirando a todos lados buscándola.
_ ¿Mi Mamá? –repitió ella con sorpresa-.
Alonso se dio cuenta que había metido la pata.
_ ¿Conoces a mi Mamá?
_ ¡No!, -respondió Alonso casi gritando e improvisó- solo me preguntaba que una chica como tú no podía estar sola en la calle.
_ Ya tengo doce años, puedo caminar sola ¿no te parece?
_ Sí, sí, -se apuró en responder Alonso para evitar cualquier tipo de conflicto- ¿A dónde vas?
_ A mi casa.
_ ¿Te puedo acompañar?
_ Si quieres.
_ Oye, gracias, te debo una –dijo Alonso levantándole la bolsa de dulces-.
_ No te preocupes. Tuviste suerte de que me sobraran algunas monedas.
Los chicos comenzaron a caminar juntos, eso era algo que Alonso se había imaginado muchas veces pero que en ese momento no lo podía creer.
_ ¿Cómo te llamas? –preguntó ella-.
_ Alonso… ¿y tú?
_ Ariana.

Alonso estaba con las manos sudorosas, las extremidades inferiores trémulas, tenía mareos, sufría de amnesia, el estómago le hormigueaba, sentía que le venía una diarrea, estaba angustiado, tenía el pecho oprimido, y sospechaba de una parálisis mental, pero eso no le importaba, había tenido su primer encuentro con Ariana; la más hermosa y sublime de las chicas, de voz suave y melodiosa.

Luego pensó que cuando las cosas van a suceder, no hay estrategias que valgan, de todas maneras ocurrirán, es el destino, es el futuro que ya está marcado. Ahora estaba agradecido de las circunstancias que lo llevaron a tan maravilloso momento, después de eso, no le importaba nada, ni siquiera que sus amigos continuaban vigilando su casa… de todas formas eso ya no era necesario.


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